A Roston le resultó divertido. Por lo general los carteles de entrada dicen, "BIENVENIDO".
Siguió camino a la pequeña ciudad en su vieja pero fiel motocicleta. El calor lo agobiaba. Ya veía bañeras volando. Se detendría ante el primer hotel que encontrara.
"SIETE ESTRELLAS HOTEL", decía el arco de entrada al edificio.
Detuvo la sonajera de su caballo metálico, y entró, ansioso de aquella bañera desbordando espuma.
—Buenos días — saludó desde un módulo un hombre de pelo blanco y enroscado bigote.
—Buenos días.
—Un cuarto?
—Exactamente. Un cuarto con una gran bañera.
—No hay problema. Cuánto tiempo se quedará.
—Un día. Sólo un día.
A los quince minutos, cuando Roston ya estaba listo para cumplir su sueño, unos golpes en la puerta le detuvieron. Pero en cuatro zancadas ya estaba frente al visitante. Mejor dicho, la visitante. Una mujer de treinta años, y una sonrisa que... quién no la quisiera.
—Hola — dijo con mirada juguetona —Soy Ann.
—Hola.
—Soy de aquel cuarto. Em... me preguntaba si podría ayudarme.
—Ayudarte? En qué.
—Se quemó el bombillo, y... está muy alto para mí.
—Ah. Okay. Bueno... dame un segundo.
Luego, bombillo en mano, Roston subía por su creativa escalera. Una mesa sobre otra. Pero en el mismo instante del exitoso regreso de la luz, una pata de la mesa aflojó y Roston cayó aparatosamente. Ann gritó, acudiendo.
—¡Por Dios! Está bien? Dígame, está bien?
—Sí, sí. Estoy bien — pero al tratar de ponerse de pie soltó un quejido.
—Le ayudaré — intervino Ann acompañándole hasta llegar a su cuarto.
—Ann.
—Dígame.
—Quiero bañarme.
—Ah, sí. Eso está muy bien.
—No. No quise decir eso. Necesito que me ayude con las botas. Por favor.
—Sí. Vamos, siéntese.
Roston se acomodó. Ann tiró de la primera bota. Fue necesario un esfuerzo. La otra costó un poco más; hizo que la mujer cayera de espaldas. Lo que provocó risas en ambos, como si fueran viejos amigos.
Ya luego, todo bajo control, Ann se fue a su apartamento, y Roston a su bañera. Pero este, vencido por el cansancio se durmió en ella.
***
Unos golpes en la puerta le despertaron —¡Qué diablos! — La bañera había perdido toda su agua —¡Ya voy!
Era Ann. Esta vez con un pastel en sus manos.
—Para usted — dijo con una mirada de ensueño —Cómo sigue de su golpe.
—Aún me duele. Pero estoy bien. Sólo...
—Sólo qué.
—Me quedé dormido. Así que debo llenar la bañera otra vez.
—Oh!, Sí. Disculpe. Tome su pastel.
—Gracias — sonrió Roston, pero un "¡ah!" de dolor se la borró en el acto. Lo que le valió que Ann se quedara hasta que nuestro amigo cumpliera la meta de bañarse, y mientras esto sucedía, ella iba y venía, sacudiendo y ordenándo todo. Para Roston, aunque no decía nada, era excelente. Se sentía feliz.
Rato después, compartían el delicioso pastel. La plática era un encanto. De pronto, todo fue silencio. Luego; miradas, besos...
... y mágica noche.
Al dia siguiente, Roston despertaba, y su dolor era considerablemente menor. Ann no estaba. Así que se levantó con la idea de invitarla a desayunar.
***
Ya era la tercera vez que Roston golpeaba la puerta.
—¡Buenos días! — escuchó a su derecha. Era el hombre del bigote enroscado.
—Ahí no hay nadie.
—Nadie?
—Nadie.
—Pero...
—No me cree?
Le mostraré — y buscando en un manojo de llaves, abrió la puerta de par en par.
—Ve? Sólo es una bodega.
Roston miraba. Efectivamente no había huellas de vida. Sólo muebles amontonados y cubiertos de polvo. Y la mirada del hombre del bigote, parecía no estar con ánimo para responder preguntas. Así que que optó por no decir nada. Para qué. De qué serviría. Además, tenía que marcharse.
***
Una hora más tarde estaba de nuevo frente al, "¡LÁRGATE!".
Después de todo, no era mala idea, pensó. Hizo rugir la moto como si fuera una verdadera bestia. Sólo tenía que continuar el viaje.
Ya lejos, el cartel, no soportando más su propio peso, caía. Quizás era señal de que jamás volvería a ver a la hermosa Ann.
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