El tren pitaba anunciando la partida. La chica de jeans, con ojos llorosos decía adiós al lugar. Volvía a su ciudad. La que dejó por un determinado tiempo; en el que, como suele suceder... conoció al hombre de su vida.
Pero nunca debió hacer aquel viaje, pensaba. Toda la pasión, todos los sueños; convertidos en tristeza. Aquellas diferencias que a veces emergen provocando desastres.
Pero ya no sería más.
El tren se puso en marcha. Sus fuertes y ruidosos engranajes comenzaron a alejarle de aquel sitio hasta perderlo de vista. Ya rompía a llorar. A mayor distancia, más dolor. Dejó el asiento en un intento por controlar la emoción. Al hacerlo, chocó con un pasajero que venía en dirección contraria. —Perdón — dijo levantando la mirada. Pero ahora fue presa de un shock. Sus ojos se abrieron cuan grandes eran. Era él.
Se miraron por dos segundos.
—¡Qué haces aquí! — explotó ella.
—Eres mi esposa.
—¡NO SOY TU ESPOSA! Qué?
Ahora la chica de jeans soltó el llanto y comenzó a dar golpecitos de puño en el pecho del hombre. Este, la abrazó fuerte hasta que volvió la calma, y... la vida.
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